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Lidiando con la envidia

Alexander Berzin
marzo de 2004
Traducido por Arturo Escorza Pedraza

Todos experimentamos emociones perturbadas (nyon-mongs, sct. klesha, emociones aflictivas), estados mentales que cuando los desarrollamos, nos causan perder la paz mental y nos incapacitan a tal punto que perdemos el autocontrol. Ejemplos comunes de éstas son la codicia, el apego, la hostilidad, la ira y la envidia. Estas disparan el surgimiento de diferentes impulsos mentales (karma), usualmente aquellos que conducen a una conducta destructiva que puede ser dirigida hacia otros o hacia uno mismo. El resultado de esto es que creamos problemas y sufrimiento a otros e inevitablemente, a nosotros mismos.

Hay un enorme rango de emociones perturbadas. Cada cultura dibuja mentalmente una línea alrededor de un conjunto de experiencias emocionales comunes a la mayoría de la gente en su sociedad, decide algunas características definitorias que las describe como una categoría y le da un nombre a dicha categoría. Por supuesto, cada cultura selecciona diferentes conjuntos de experiencias emocionales comunes, diferentes características definitorias para describirlas y de este modo inventa diferentes categorías de emociones perturbadas.

Usualmente, las categorías de emociones perturbadas, especificadas por diferentes culturas, no se superponen de manera exacta porque las definiciones de las emociones son ligeramente diferentes. Por ejemplo, tanto el sánscrito como el tibetano, tienen una palabra para "envidia" (phrag-dog, sct. irshya), mientras que la mayoría de los idiomas occidentales tienen dos. El inglés tiene "jealousy" (celos) y "envy" (envidia), mientras que el alemán tiene "Eifersucht" (celos) y "Neid" (envidia). La diferencia entre los dos términos ingleses no es precisamente la misma que se presenta entre las dos palabras alemanas, y las sánscritas y tibetanas no corresponden exactamente a ninguno de los términos equivalentes en aquellas otras lenguas. Si, como occidentales, experimentamos problemas emocionales en esta categoría general, designadas por las categorías formuladas por nuestras propias culturas y lenguas, y deseamos aprender los métodos budistas para superarlos, tendremos que analizar y deconstruir nuestras emociones tal como las conceptualizamos, en una combinación de varias emociones perturbadas como las define el budismo.

La definición budista de “celos” y la definición en inglés de “envidia”

Los textos budistas del abhidharma clasifican a los “celos” (phrag-dog) como una parte de la hostilidad. Los definen como "una emoción perturbada que se enfoca en las dotes de las demás personas (tales como buenas cualidades, posesiones, o éxito) y es la imposibilidad de tolerar dichas dotes, debido al excesivo apego a nuestros propios logros o al respeto que recibimos".

El apego, aquí significa que estamos enfocados en algún área de la vida a la que exageramos sus aspectos positivos y en la cual otros han conseguido más logros que nosotros. En nuestra mente, podemos convertir a esta área en uno de los aspectos más importantes de la vida y basar nuestro sentido de autoestima en ella con un apego y una preocupación excesivos al "yo". Así pues, tenemos envidia porque estamos "apegados a nuestra propia ganancia o al respeto que recibimos" en esta área determinada. Por ejemplo, podemos fijarnos en el monto de dinero que tenemos o en cuán atractivos somos. Como un aspecto de la hostilidad, la envidia agrega al apego, que está implícito en los ejemplos, un fuerte elemento de resentimiento hacia los éxitos de otros en esta área. Es lo contrario a regocijarse y sentirse feliz por lo que otros han obtenido.

En inglés, una de las definiciones de la envidia es: "hostilidad hacia aquél que creemos que disfruta una ventaja sobre nosotros", sólo contiene una parte de la definición budista; omite el factor de apego al área en que tiene la ventaja la otra persona. La definición sólo implica que la ventaja puede o no ser verdadera, pero no cuestiona la importancia real del área de dicha ventaja o la preocupación con el "yo".

Los celos, tal como se definen en el budismo, cubren sólo parte del significado en inglés de la palabra "envidia" (envy). La envidia agrega un poco más, lo que el budismo llama "codicia" (brnab-sems). La codicia es "el deseo excesivo por algo que alguien más posee". Así pues, la definición de "envidia" (envy) en inglés, es "conciencia a la que le duele o resiente el beneficio que alguien más disfruta, al mismo tiempo que desea disfrutar lo mismo". En otras palabras, además de la imposibilidad de tolerar los logros de los demás en un área de la vida cuya importancia exageramos, tal como el budismo señala, la envidia es el deseo de, contar con esos beneficios nosotros mismos. Podemos ser carentes o pobres en esta área, o podemos tener una medida adecuada o incluso más que el promedio que si somos envidiosos y queremos más, nuestra codicia se habrá convertido en avaricia. Con frecuencia, aunque no necesariamente, la envidia supone un mayor deseo de privar a otros de lo que han obtenido, para tenerlo nosotros. En este caso se añade un ingrediente más a la emoción, el rencor.

La envidia, como una combinación de celos y codicia, conduce a la competitividad. Por esto, Trungpa Rimpoché habló de la envidia como la emoción perturbada que nos impulsa a ser altamente competitivos y a trabajar fanáticamente para superar a otros o a nosotros mismos. Está conectado con una acción contundente, la llamada: "familia del karma". Al estar celoso y envidioso de lo que los demás han conseguido, nos presionamos a nosotros mismos o presionamos a nuestros subordinados, a hacer más y más, como en competencias extremas en negocios o deportes. Por esto el budismo representa a la envidia con un caballo, ya que este corre, compitiendo contra otros debido a su envidia; no puede tolerar que otro caballo corra más rápido.

[Ver: Los cinco rasgos familiares búdicos en la vida diaria: Presentaciones gelug anuttarayoga tantra y karma kagyu mahamudra.]

Envidia y competitividad

Es verdad que en el budismo, la envidia está íntimamente relacionada con la competitividad, aunque la primera no necesariamente conduce a la segunda. Alguien puede tenerle envidia a otros y con una baja autoestima ni siquiera tratar de competir con ellos. De modo similar, ser competitivo no necesariamente entraña envidia. Algunas personas gustan de competir en deportes simplemente para divertirse y disfrutar de la compañía de otros, sin llevar un marcador.

El budismo conecta a la envidia y la competitividad de modo diferente. Por ejemplo, en Involucrándonos en el comportamiento del bodisatva (sPyod-‘jug, sct. Bodhicaryavatara), Shantideva coloca juntas en una misma discusión a la envidia hacia aquellos en posición superior, a la competitividad con iguales y a la arrogancia hacia aquellos en un estado inferior. Su discusión está dentro del contexto de aprender a ver a todos los seres como iguales.

El problema que aborda aquí el budismo es el sentimiento de que "yo" soy especial, el cual subyace a las tres emociones perturbadas. Por ejemplo, si pensamos y sentimos que "yo" soy el único que puede llevar a cabo bien o correctamente una tarea específica, tal como enseñar a un amigo a conducir un auto, sentimos celos si alguien más le enseña. Ello no conduce necesariamente a la competitividad. Si, por otro lado, creemos y pensamos que "yo" soy el único que merece hacer algo específico, como salir adelante en la vida y nos da envidia si alguien más tiene éxito, nos volvemos competitivos. Necesitamos superar a la otra persona, incluso si ya somos moderadamente exitosos. En ambos ejemplos, lo que subyace a los celos y a la envidia es un fuerte sentimiento del "yo" y una fuerte preocupación sólo en nosotros mismos. No consideramos a otros del mismo modo que a nosotros, nos creemos especiales.

El remedio que ofrece el budismo a los problemas y a la infelicidad causada por este tipo de celos, envidia, competitividad y arrogancia es tratar a la falacia subyacente concerniente al "yo" y al "tú". Necesitamos darnos cuenta de que todos somos iguales y verlos así. Todos tenemos las mismas habilidades básicas, en el sentido en que todos poseemos la naturaleza búdica. Cualquiera tiene el mismo deseo de ser feliz y de triunfar, y de no ser infeliz o fallar; y cualquiera tiene el mismo derecho a ser feliz y a triunfar así como el mismo derecho a no ser infeliz o fallar. No hay nada especial acerca del "yo" en estas consideraciones. El budismo también enseña el amor: el deseo de que todos por igual sean felices.

Cuando aprendemos a ver a cualquiera como un igual, en términos de la naturaleza búdica y el amor, entonces estamos abiertos a ver como relacionarnos con alguien que ya bien ha triunfado más que nosotros o que ha logrado lo que nosotros no hemos podido lograr. Nos alegramos por su éxito, puesto que queremos que todos sean felices. Tratamos de ayudar a nuestros iguales a triunfar, en lugar de competir con ellos y tratar de superarlos. Tratamos de ayudar a aquellos que son menos exitosos que nosotros en lugar de sentirnos superiores y regodearnos con arrogancia.

Refuerzo cultural de la envidia y la competitividad

Estos métodos budistas son extremadamente avanzados y particularmente difíciles de aplicar cuando nuestra envidia y competitividad de surgimiento automático se refuerzan, fortalecen e incluso se premian por ciertos valores culturales occidentales. Después de todo, a casi todos los niños les gusta, de manera automática ganar y lloran cuando pierden y además de eso muchas culturas occidentales presentan al capitalismo como la mejor forma natural de una sociedad democrática. Debajo de todo esto está la teoría de la supervivencia del más fuerte, que determina a la competencia como la fuerza conductora de la vida en lugar de, por ejemplo, el amor y el afecto. Yendo más lejos, las culturas occidentales refuerzan la importancia del éxito y del triunfo con una obsesión por deportes competitivos y la glorificación sus mejores atletas y de las personas más ricas del mundo.

Por añadidura, todo el sistema político de la democracia y el voto supone una competencia, en la que primero nos ofrecemos y luego nos vendemos como candidatos, publicitando cuánto mejores somos que nuestros rivales para el puesto. Las campañas agregan a esto, algo comúnmente practicado en occidente, el esfuerzo por hallar cualquier posible punto débil en los candidatos rivales, incluso en términos de sus vidas privadas, para inflarlos fuera de proporción, y publicarlos extensamente para desacreditarlos. Incluso, muchas personas consideran tal tipo de conducta, basada en los celos y la competencia, como loable y justa.

Por otro lado, la sociedad tibetana reprueba a cualquiera que deprecia a los demás y afirma ser mejor que otros. Estos son considerados rasgos negativos de carácter. De hecho, el primer voto raíz del bodisatva es nunca alabarse a uno mismo ni menospreciar a quienes se encuentran en posiciones más bajas que nosotros, que incluiría el tampoco hacerse propagada de esa manera al público votante. Se especifica que la motivación sea, deseo de obtener ganancias, alabanza, amor, respeto, etc. de parte de las personas a quienes se dirige, además de envidia hacia las personas menospreciadas. No hay cambio alguno si lo que decimos es verdadero o falso. Por el contrario, cuando hablamos de nosotros mismos, la extrema modestia y decir: "No tengo buenas cualidades; no sé nada" es considerado elogiable. Así pues, la democracia y las campañas por votos, practicadas en la forma occidental común, son totalmente ajenas y no funcionan en la sociedad tibetana.

Incluso el sólo hecho de querer ser candidato para un cargo es tomado como un sospechoso signo de arrogancia y como un móvil no altruista. La única manera posible de comprometerse puede ser que a través de los representantes de los candidatos, nunca por los nominados mismos, se expongan las cualidades y talentos de sus candidatos, sin compararlos a los de sus rivales y sin decir nada malo acerca de ellos. Esto, sin embargo, es difícilmente llevado a cabo. Usualmente, los candidatos que son bien conocidos, como aquellos de nobles familias, o lamas reencarnados, son nominados, incluso sin consultarlos. Si expresan su deseo de no ser nominados, esto es tomado como un signo de modestia, expresar consentimiento inmediatamente, indica arrogancia y codicia por poder. Rehusarse es casi imposible para alguien nominado. La votación se lleva a cabo entonces, sin campañas. La gente vota usualmente por el candidato más conocido.

Así pues, el método budista de regocijarse por las victorias de otros, y el aún más fuerte de darle la victoria a otros y aceptar la derrota para nosotros, quizá no sea el mejor primer remedio para los occidentales que están fuertemente convencidos de las virtudes del capitalismo y de su sistema de campañas electorales. Como occidentales, quizá necesitemos reevaluar la utilidad de nuestros valores culturales y ocuparnos de las formas de envidia y de competencia basadas en el aprendizaje que surge de aceptar tales valores, antes de dirigirse a las formas que surgen automáticamente.

Un mercado indio puede ser un ejemplo para ayudarnos a ver la relatividad de la envidia y la competitividad basadas en la cultura occidental. En India, hay mercados de ropa, mercados de joyería, mercados de vegetales, etc. Cada uno tiene fila tras fila de puestos y tiendas, uno junto al otro, todos vendiendo casi exactamente las mismas cosas. La mayoría de estos tenderos son amigos entre ellos y con frecuencia se reúnen a beber té fuera de sus tiendas. Su actitud surge de pensar que depende de su karma si sus tiendas van bien o no.

Envidia en el sentido occidental

Mientras la discusión de los celos en el budismo aborda primordialmente la emoción perturbada que el inglés define como "envidia" (envy), aunque no se solapa con ella; el inglés especifica otra emoción perturbada similar llamada "celos" (jealousy). Para la mayoría de los occidentales, este tipo de celos causan mayor sufrimiento que los tipos discutidos en el budismo.

Más que enfocarse en lo que otra persona ha recibido que no tenemos, esta forma de celos se enfoca en alguien que regala algo a otro en lugar de a nosotros. Así pues, la primera definición de celos que encontramos en el diccionario en inglés, es "intolerancia a la rivalidad o la deslealtad". Por ejemplo, nos sentimos celosos si nuestra pareja coquetea con otros hombres o mujeres o dedica mucho tiempo a otros. Incluso un perro siente este tipo de celos cuando llega un nuevo bebé a la casa. Así pues, tal como los celos en el budismo, tiene elementos de resentimiento y hostilidad y además, fuertes elementos de inseguridad y desconfianza.

Si somos inseguros, nos dan celos cuando un amigo o nuestra pareja están con alguien más. Esto se da por nuestra baja autoestima y la inseguridad que tenemos en el amor que nos tienen, por eso no confiamos en nuestro amigo o amiga, tememos ser abandonados.

Para manejar este tipo de celos, tenemos también que aprender la igualdad de todos. En este caso nuestro problema no está basado en el aprendizaje de valores culturales, así que quizá sea más fácil probar directamente el entendimiento budista. El corazón tiene la capacidad de amar a todos, este es un aspecto de la naturaleza búdica. Reafirmar este hecho es un modo de superar la envidia. En otras palabras, el corazón de cualquiera, tiene esa capacidad, inclusive el de nuestro amigo o pareja. Si están tan cerrados que no tienen lugar en su corazón para nosotros, podemos desarrollar compasión por ellos. No se dan cuenta de las capacidades de su naturaleza búdica y consecuentemente se privan de una de las más grandes alegrías en la vida.

Necesitamos abrirnos a todos. Con el corazón abierto, podemos tener amor por un amigo, una pareja, un hijo, una mascota, nuestros padres, nuestro país, nuestra gente, la naturaleza, dios, un hobby, el trabajo, etc. Hay lugar en nuestro corazón para amar a todos, el amor no es exclusivo. Somos perfectamente capaces de relacionarnos y tratar con todos estos objetos de nuestro amor y de expresar nuestros sentimientos en maneras apropiadas para cada objeto. No expresamos nuestro amor y afecto a nuestros perros del mismo modo que a nuestras esposas o maridos, o a nuestros padres. No tenemos relaciones sexuales con todos ellos.

Los temas de monogamia e infidelidad sexual son extremadamente complejos y derivan en muchos otros temas adicionales no son los tópicos aquí. En cualquier caso, si nuestra pareja sexual, especialmente nuestro cónyuge, sobre todo cuando tenemos hijos pequeños, son infieles o dedican una gran cantidad de tiempo con otros, los celos, el resentimiento, y el ser posesivo, nunca son respuestas emocionales útiles. Necesitamos manejar la situación en un modo más sobrio. Gritarle a nuestra pareja o tratar de hacerla sentir culpable difícilmente puede ayudarnos a lograr que nos ame.

Este tipo de respuestas con emociones perturbadas están, en parte, influenciadas culturalmente. Por ejemplo, una esposa tradicional japonesa o india no espera que su esposo socialice con ella después del trabajo en lugar de seguir las normas de su sociedad y salir con sus amigos. Así pues, en la mayoría de los casos, ella estará contenta con llevar una vida social con sus amigas, aparte de la de su esposo.

Es más, cuando creemos que el amor y el tener una amistad cercana puede ser posible, exclusivamente, con una persona, y que si él o ella tiene una amistad con alguien más ya no hay lugar para "mí", eso son celos. Está basado en el sentimiento de un "yo" sólido que debe ser especial, y un "tú" sólido que es tan especial que sólo queremos el amor de esa persona. Incluso si hay muchos otros que nos aman o a quienes amamos, tendemos a ignorar ese hecho y pensamos que "eso no cuenta".

Abrir nuestros corazones continuamente a tantos otros como sea posible y reconocer el amor que otros amigos, parientes, mascotas etc., nos tienen hoy, nos han tenido en el pasado y nos tendrán en el futuro, nos ayuda a sentirnos más seguros emocionalmente. Esto, sucesivamente, nos ayuda a superar cualquier fijación que podamos tener en alguien como un objeto especial de amor, aún nosotros mismos.

Tanto la omnisciencia como el ser totalmente amorosos, implican tener a todos en nuestra mente y en nuestro corazón. Sin embargo, cuando un Buda está enfocado en o con una persona, está 100% concentrado en ella. Por lo que tener amor por todos no significa que el amor por cada individuo se diluya. Por consiguiente, no hay que temer que nuestras relaciones personales se vuelvan menos intensas o satisfactorias si abrimos nuestros corazones a mucha gente. Quizá seamos menos aferrados y menos dependientes en cualquier relación para que sea totalmente satisfactoria, y quizá podamos dedicar menos tiempo a cada individuo, pero en cada relación nos involucraremos completamente. Lo mismo sucede con el amor que nos tienen otros y sentimos que se diluye porque aman a alguien más, eso nos da celos.

Pensar que una persona será nuestra pareja perfecta y especial, nuestra "otra mitad" que nos complementará y con quien compartiremos cada aspecto de nuestra vida, es también una expectativa irreal. Tal expectativa está basada en el antiguo mito griego de Platón, que propone que originalmente todos fuimos enteros, y que en un momento fuimos divididos en dos. En algún lugar "allá afuera" existe nuestra otra mitad; así encontramos el verdadero amor cuando nos reunimos con nuestra otra mitad. Aunque este mito se ha convertido en el fundamento del romanticismo occidental, no tiene referencia alguna con la realidad. Creer en ello, es como creer en el hermoso príncipe que vendrá a rescatarnos en un caballo blanco, es un fenómeno adquirido, culturalmente específico.

Las apariencias engañosas subyacentes a los celos y a la envidia

Como hemos visto, la envidia es la incapacidad de tolerar el logro de otro en un área específica a la que damos más importancia de la que tiene, por ejemplo, un éxito financiero. Envidiosos de ello, deseamos poder lograrlo nosotros. También hemos visto la variación de esto, que ocurre cuando alguien recibe algo de otro, como amor o afecto y deseamos poder recibirlo en su lugar.

Esta emoción perturbada deriva de dos apariencias engañosas que proyectan nuestra mente por la confusión y por no saber como existen las cosas. La primera es la apariencia dualista de (1) un “yo” aparentemente concreto que merece, inherentemente, conseguir o recibir algo, pero no lo ha obtenido y (2) un aparentemente “tú” concreto que inherentemente no merece obtenerlo. Sentimos, de manera inconsciente, que el mundo nos debe algo y que es injusto que otros obtengan lo que consideramos nuestro. Dividimos el mundo en dos categorías sólidas: la de "perdedores" y la de "ganadores", e imaginamos que la gente verdaderamente existe y es localizable dentro de estas cajas, de estas categorías aparentemente sólidas y verdaderas. Entonces nos colocamos en la categoría sólida y permanente de "perdedor" y a la otra persona en la categoría sólida y permanente de "ganador". Quizá incluso lleguemos a colocar a todos en la caja de ganadores, excepto a nosotros mismos. No sólo sentimos resentimiento, sino condenados al fracaso, esto nos lleva a la fijación de la dolorosa idea: "pobre de mí".

La ingenuidad acerca de la causa y el efecto en el comportamiento usualmente conlleva celos y envidia. Por ejemplo, no sólo no comprendemos, sino que incluso negamos que la persona que recibe una promoción o afecto, haya hecho algo para ganarlo o merecerlo. Además, sentimos que nosotros debíamos haberlo obtenido sin tener que hacer nada. Alternativamente, sentimos que hicimos mucho y aún así no obtuvimos recompensa. De esta manera, nuestra mente crea una segunda apariencia engañosa y la proyecta. Nuestras mentes confundidas hacen que las cosas parezcan suceder sin razón alguna, o por una sola razón: tan sólo lo hecho por nosotros.

Deconstruir las apariencias engañosas

Necesitamos deconstruir estas dos apariencias engañosas. Es posible que hayamos aprendido de nuestra cultura que el principio conductor inherente en el mundo de los seres vivos es la competencia: el motor del éxito, la ley del más fuerte. Pero esa premisa quizá no sea cierta. Sin embargo, si la hemos aceptado, creemos que el mundo está inherentemente dividido por naturaleza, en una absoluta dicotomía de ganadores y perdedores. Consecuentemente, percibimos al mundo en las categorías conceptuales fijas de ganadores y perdedores, y por supuesto nos vemos dentro de ese mismo cuadro conceptual.

Aunque estos conceptos de ganadores, perdedores, y competencia pueden ser útiles para describir la evolución, necesitamos darnos cuenta que son, tan sólo, construcciones mentales arbitrarias. "Ganador" y "perdedor" son sólo etiquetas mentales. Son categorías mentales convenientes usadas para describir ciertos eventos, tales como llegar primero en una carrera, obtener una promoción en el trabajo en lugar de que alguien más la obtenga, o perder a un cliente o a un estudiante. De esta misma manera podríamos dividir a las personas en categorías de "personas agradables" y "personas desagradables", dependiendo de nuestra definición de "agradable".

Cuando vemos que todos estos conjuntos de categorías dualistas son meras construcciones mentales, empezamos a darnos cuenta que no hay nada inherente desde el propio lado del "yo" o del "tú" que nos encierre dentro de categorías sólidas. No es que seamos básica e inherentemente perdedores y que al pensar en nosotros mismos como perdedores hayamos descubierto finalmente la verdad, que el “yo” real es un perdedor; pobre de "mi". Más bien, tenemos muchas otras características además de perder un cliente, por qué pensar entonces en aquel como si fuese el verdadero "yo".

Además, el que parezca que tanto el éxito y el fracaso como la ganancia y la pérdida suceden sin razón alguna o por razones irrelevantes, se debe sólo a nuestra mente limitada y a nuestra preocupación por el “pobre de mi” y el “desgraciado tu”. Por eso pensamos que lo que nos pasa es injusto. Lo que ocurre en el universo, sin embargo, ocurre debido a una enorme red de causas y efectos. Es tal la cantidad de variables que afectan lo que nos ocurre a nosotros y a otros, que está más allá de nuestra imaginación incluir cada uno de los factores involucrados.

Cuando deconstruimos estas dos apariencias engañosas (ganadores y perdedores, y cosas que ocurren sin razón alguna) y dejamos de proyectarlas, nuestro sentimiento de injusticia se relaja. Debajo de nuestros celos está el mero darse cuenta de lo que se ha cumplido, de lo que ha ocurrido. Perdemos un cliente y ahora alguien más tiene este cliente. Esto nos hace concientes de una meta a alcanzar. Si no envidiamos a otro por obtener o recibir algo, quizá podamos aprender de esa persona la manera de conseguirlo. Esto nos habilita a ver como obtenerlo nosotros mismos. Sólo nos sentimos celosos por cubrir ese darnos cuenta, con apariencias dualistas e identidades concretas.

Conclusión

Así pues, el budismo ofrece una variedad de métodos para enfrentar las emociones perturbadas de los celos y la envidia, ya sea que las definamos en el sentido budista o el occidental. Cuando estamos agitados con una emoción perturbada en estas categorías generales, el reto es reconocer correctamente las características que las definen y nuestros antecedentes culturales. Cuando, a través de la práctica de la meditación, nos hemos entrenado en una variedad de métodos, podemos elegir el apropiado para ayudarnos a resolver cualquier dificultad emocional que podamos estar experimentando.