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Archivos budistas del Dr. Alexander Berzin

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La relación con el maestro espiritual
Construir una relación sana

Originalmente publicado como
Berzin, Alexander. Relación con el maestro espiritual:
Construir una relación sana.

Ithaca, Snow Lion, 2000

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Parte I: Buscadores espirituales y maestros espirituales

1. Consideraciones culturales

Las culturas desempeñan un vasto papel en dar forma a las interacciones personales de sus miembros. Así como la relación hijo-padre difiere de una sociedad y época a otra, así sucede también con la relación entre buscador espiritual y maestro espiritual. Entonces es sólo natural que la relación difiera si las partes son ambas tibetanas, o ambas occidentales, o una de cada una. Los problemas ocurren cuando una o ambas partes piensan que necesitan imitar una cultura foránea o esperan que el otro adopte formas extranjeras. Por ejemplo, los estudiantes occidentales pueden pensar que necesitan actuar como tibetanos, o que los maestros tibetanos deberían comportarse más como occidentales. Alternativamente, los maestros tibetanos pueden esperar que los estudiantes occidentales actúen como lo harían los discípulos tibetanos. Sin embargo, cuando cada lado comprende y respeta los antecedentes culturales del otro, la flexibilidad y la adaptación se hacen posibles. Eso elimina con frecuencia algunos de los problemas. Para comprender algunas de las diferencias, tracemos el perfil del buscador espiritual estándar de cada una de estas culturas.

El buscador espiritual típico del Tíbet tradicional

Tradicionalmente, la mayoría de los buscadores espirituales tibetanos, así como sus maestros, eran monjes o monjas célibes con un conocimiento limitado de la vida familiar, obtenida fundamentalmente de su niñez. La mayoría tenía también un conocimiento limitado de cuestiones seculares. Casi todos entraban a los monasterios o conventos de monjas siendo niños analfabetos. El Tíbet premoderno nunca desarrolló un sistema de educación pública y, de hecho, casi no tenía educación secular alguna. Las principales excepciones se encontraban en la capital, Lhasa, en donde había una escuela gubernamental para entrenar servidores civiles y una universidad médica y astrológica. La admisión se limitaba normalmente a los hijos de la nobleza. Además, la educación monástica cubría sólo temas relacionados directamente con cuestiones espirituales. Incluso en los monasterios que también enseñaban medicina y astrología, estos temas estaban firmemente entrelazados con la teoría y el ritual budistas.

Para las personas laicas existían pocas oportunidades para el estudio espiritual. Casi la única posibilidad era estudiar con un ngagpa (sngags-pa), un yogui tántrico casado, dedicado a la meditación y a realizar rituales en las casas de la gente. Los ngagpas, sin embargo, normalmente enseñaban sólo a los niños de sus propias familias y a unos pocos jóvenes locales que solían vivir con ellos. Mientras permanecían durante varios meses en la casa de un patrocinador, podían llegar a instruir también a los adolescentes de la casa y a varios otros adolescentes de familias prominentes de la zona. Sin embargo, en el Tíbet el número de ngagpas difícilmente se comparaba con el número de monásticos. Los buscadores espirituales laicos eran la excepción y no la regla.

Algunos ngagpas también eran tulkus (sprul-sku, lamas reencarnados) y eran usualmente los sustentantes laicos de una o más instituciones monásticas, responsables de dar iniciaciones y guiar rituales importantes. Al ser descubiertos desde niños como las reencarnaciones de maestros tántricos previos, los tulkus se encuentran en la cima de la sociedad tibetana. Los monasterios y los conventos de monjas no admitían normalmente estudiantes laicos. No obstante, si los tulkus ngagpa estaban asociados con instituciones monásticas, con frecuencia recibían allí gran parte de su educación. De modo similar, los miembros más jóvenes de su familia y luego sus hijos también podían llegar a tomar clases en los monasterios o conventos de monjas. De esta manera, los buscadores espirituales laicos tales como estos tenían con frecuencia un contacto estrecho con monjes y monjas.

Ingresar a un monasterio o convento de monjas tibetano en el Tíbet tradicional

1 Tradicionalmente, los tibetanos ingresaban a los monasterios o conventos a una edad muy temprana. El requisito previo era estar saludable y tener la edad suficiente para ahuyentar a un cuervo. Esta habilidad indicaba que los niños tenían la suficiente auto confianza para vivir lejos de su hogar. La mayoría de los que ingresaban tenían siete u ocho años, aunque los tulkus a veces no tenían más de cuatro.

La decisión de entrar a un monasterio o convento siempre se producía por mutuo consentimiento entre los padres y el hijo. La iniciativa podía surgir de cualquiera de las partes. En el Tíbet, convertirse en monje o monja no sólo era prestigioso, sino un evento de lo más común. Más de un sexto de la población eran monásticos. Además, debido a que enviar a algunos de los hijos de la familia a instituciones monásticas evitaba la sobre fragmentación de la propiedad heredada, casi todos los grupos familiares adoptaban esta costumbre.

Aunque los niños monjes y monjas se afeitaban la cabeza y usaban hábitos, normalmente no tomaban votos de novicio antes del inicio o la mitad de la adolescencia, o votos completos hasta los veintiún años. A diferencia de sus contrapartes cristianas, normalmente mantenían contacto con sus familias. Si durante la adolescencia vivían en monasterios o conventos locales, pasaban frecuentemente las vacaciones de verano en sus hogares ayudando en el campo o con los rebaños.

Uno podría argüir que los niños difícilmente califican como buscadores espirituales sinceros. Muchos, por supuesto, deseaban ingresar a monasterios o conventos para disfrutar la camaradería de vivir con otros niños de su edad. A otros, que anhelaban conocimiento, les entusiasmaba ir a instituciones monásticas, ya que estudiar budismo era la ruta para recibir una educación. El interés espiritual se manifestaba frecuentemente primero en los juegos, imitando a los monásticos más viejos cuando meditaban y llevaban a cabo rituales. El interés espiritual sincero aparecía mayormente con la educación y la madurez. Sin embargo, muchos monjes y monjas nunca desarrollaban realmente ese interés, pero permanecían en instituciones monásticas para tener una forma de vida segura.

Los monjes y monjas jóvenes vivían tradicionalmente en los hogares de sus maestros. Si entraban en grandes monasterios o conventos fuera de sus regiones nativas, los estudiantes y los maestros de una zona vivían en los mismos complejos de edificios, formando sub-unidades dentro de las instituciones más grandes. Tenían sus propios templos para las plegarias comunales y, como la mayoría de los montañeses, creaban fuertes lazos mutuos a través de la lealtad regional y los dialectos comunes.

Durante los años de su niñez y adolescencia, los monjes y monjas jóvenes llevaban a cabo quehaceres domésticos y se unían a los servidores adultos en el servicio a sus maestros. Recibían una disciplina estricta tanto de sus maestros como de las autoridades monásticas. Las reprimendas y las palizas eran moneda corriente, incluso para los tulkus. Pero los niños también recibían una cierta cantidad de afecto físico de parte de los miembros más antiguos de la casa, que hacían el papel de padres sustitutos. Los maestros cumplían las funciones parentales de ser las figuras de autoridad y los modelos a seguir.

Ingresar hoy en día a un monasterio o convento en el exilio

La comunidad tibetana de refugiados ha restablecido muchos de sus principales monasterios y conventos en la India y Nepal. Las nuevas instituciones mantienen la mayoría de las costumbres tradicionales, aunque las del Sur de la India requieren, además, trabajo comunal de agricultura de la mayoría de sus miembros físicamente aptos. Ingresar a un monasterio o convento ya no es algo tan ampliamente generalizado como lo era antes. En su mayor parte, las familias pobres y los recién llegados envían a algunos de sus hijos para que se conviertan en monjes o monjas, principalmente debido a presiones financieras. Con frecuencia, los candidatos a novicios reciben al menos alguna educación secular antes de entrar a instituciones monásticas, y muchos esperan hasta la adolescencia. Los tulkus, sin embargo, aún ingresan a una tierna edad. Desde comienzos de los ochentas, la educación moderna forma parte de la educación monástica, pero sólo en las instituciones principales o importantes.

Los hogares de tulkus y maestros antiguos en el exilio aún albergan también a jóvenes discípulos. Sin embargo, muchos monjes y monjas ahora viven, ya sea en residencias con cocinas comunales, o con algunos otros en casas pequeñas. Los monasterios y conventos más grandes aún tienen divisiones regionales. Aunque las instituciones reestablecidas carecen de muchas de las comodidades modernas de Occidente, tienen muchas más de las que tenían sus instituciones originales en el Tíbet tradicional. Consecuentemente, mantener un hogar requiere mucho menos trabajo servil que antes. De esta manera, servir a los maestros ya no juega un rol tan dominante en la relación discípulo-mentor como lo hacía anteriormente. Sin embargo, cierto servicio sigue siendo moneda corriente.

Al igual que en el Tíbet tradicional, los niños monjes y monjas no reciben un trato especial. Por otro lado, los niños tulkus siempre tuvieron, y siguen teniendo, mejor comida y ropa que todos los demás. Su persona y todo lo que los rodea se mantienen escrupulosamente limpios. Cuidados por asistentes especiales, tienen poco contacto con los niños monásticos comunes, a quienes se considera demasiado rudos y sucios para jugar con ellos.

Tradicionalmente, la estricta disciplina impidió que la mayoría de los tulkus se malcriara. Hoy en día, sin embargo, al tener un contacto considerable con personas, culturas y entretenimientos electrónicos occidentales, enfrentan mayores problemas disciplinarios. Esto sucede especialmente cuando las visitas a Occidente perturban la estabilidad de sus vidas en el hogar, interrumpen su educación e introducen conflictos culturales.

El entrenamiento monástico tibetano tradicional

La educación espiritual, tanto de monjes y monjas comunes como de tulkus, aún conserva su forma tradicional. La única diferencia es que anteriormente sólo los tulkus y los jóvenes más prometedores aprendían a escribir. Los tulkus reciben instrucción privada cuando son jóvenes; los otros niños estudian en grupos. En el Tíbet tradicional, la posición de las monjas era inferior a la de sus contrapartes masculinas. Sólo en tiempos recientes se han tomado medidas para elevar su educación y entrenamiento de meditación al nivel de los monjes. Aún queda un largo camino por recorrer.

Hasta los trece años, la educación consiste, en su mayor parte, en aprender a leer y escribir, memorizar plegarias y textos, y asistir a rituales. Las plegarias y los textos budistas se encuentran en el lenguaje clásico, que es tan incomprensible para el tibetano promedio como lo es el latín o el hebreo para el occidental promedio. En casi todos los casos, los niños no reciben explicaciones y no hacen meditación. Pueden avanzar mejor en estas áreas cuando son mayores, mientras que en la niñez su poder de memorización se encuentra en su máxima capacidad.

Durante la fase inicial de la educación, el rol del maestro es el de supervisar imponiendo disciplina y examinando a los estudiantes cada día. La energía juvenil de los niños se canaliza haciéndolos gritar a voz en cuello los textos que memorizaron. Todos gritan al mismo tiempo, cada uno algo diferente. Esto los ayuda a desarrollar la habilidad de concentrarse a pesar de cualquier distracción. También los mantiene despiertos durante las sesiones de estudio que muchos encuentran aburridas.

Los monjes y monjas adolescentes, incluyendo los tulkus, estudian por medio del debate. Los debates también son extremadamente ruidosos, enfatizados por fuertes gestos rituales, y con varios debates diferentes teniendo lugar simultáneamente, unos cerca de otros. A través de ellos, los adolescentes aprenden a pensar lógicamente por sí mismos, a cuestionar todo y a soportar la derrota. Los adolescentes edifican su carácter en el terreno del debate.

A pesar del consejo universal de que la práctica del tantra no es para principiantes y a pesar de la larga lista de requisitos previos para convertirse en discípulo de un maestro tántrico, casi todos los monjes y monjas tibetanos reciben empoderamientos tántricos a una edad temprana. Si los estudiantes hacen alguna meditación, esta consiste en recitar sadanas – textos rituales de visualizaciones de los tantras-. Debido a que carecen de los requisitos para estudiar el tantra, la mayoría sólo tiene ideas vagas de qué hacer con su mente mientras recitan los textos. Similarmente, muchos aprenden los rituales del tantra y llevan a cabo postraciones, pero pocos son conscientes de su significado más profundo. La mayoría se enfoca, en cambio, en construir una auto disciplina a partir de las prácticas, de honrar el compromiso con sus maestros de repetirlas cada día, de remover obstáculos mediante el poder de los rituales y de plantar buenos instintos para vidas futuras.

La vida espiritual tradicional de los tibetanos laicos

En la India antigua, la principal actividad espiritual de los budistas laicos adultos era ofrecer comida a los monjes y monjas que diariamente pedían limosna frente a sus hogares. Dos veces por mes, los monasterios y conventos solían abrir sus puertas a las personas laicas, mismas que se acercaban para escuchar las charlas en forma de historias moralistas. Tanto en el hogar como en las instituciones monásticas, los laicos también se involucraban en prácticas devocionales, tales como encender incienso y hacer otras ofrendas. Además, las familias pudientes solían invitar ocasionalmente a grupos de monjes o monjas a sus hogares. Después de serviles una comida, la familia recibía un discurso breve del monástico mayor. Sin embargo, los benefactores laicos raramente aprendían las enseñanzas más profundas y difícilmente recibían instrucciones detalladas sobre meditación, a menos que quizás fueran miembros de la familia real.

Como en el Tíbet, algunos laicos estudiaban con yoguis budistas tántricos, pero constituían una pequeña minoría. La costumbre de enseñar meditación ampliamente a los laicos budistas, empezó hasta el siglo diecinueve en Sri Lanka y luego se extendió a Birmania. Con el resurgimiento del budismo y bajo la influencia del modelo protestante de congregaciones laicas que recibían instrucción religiosa, esta costumbre floreció en esos países, después de la supresión misionera bajo el gobierno colonial inglés. La costumbre de enseñar meditación al público budista laico general nunca se extendió al Tíbet.

Los monjes y monjas tibetanos nunca se acercaron a las casas de la gente pidiendo limosna, debido quizás a la lejanía de las instituciones monásticas y a las severas condiciones climáticas. En cambio, los laicos iban ocasionalmente a los monasterios y conventos para hacer ofrendas de manteca y grano y para realizar prácticas devocionales, tales como circunvalaciones y postraciones. Esta costumbre aún prevalece en el exilio. Para la mayoría de los tibetanos, la principal práctica espiritual en el hogar era encender lámparas de manteca e incienso, ofrecer cuencos de agua y recitar mantras. Un mantra es un conjunto de palabras o sílabas que se recitan repetidamente; usualmente está asociado con una figura búdica. Después de todo, en el Tíbet pre-moderno la mayoría de los laicos eran analfabetos y, por lo tanto, incapaces de leer textos de Darma. Cualquier conocimiento que obtenían era a través de escuchar, observar y repetir.

Los laicos tibetanos no tienen Centros de Darma en donde aprender budismo, ni en el Tíbet ni en el exilio. Las escuelas dirigidas por el gobierno tibetano en el exilio, emplean normalmente a monjes para guiar a los niños en las plegarias diarias. Aún no han empezado a contratar monjas. El monje, sin embargo, sólo imparte enseñanzas budistas rudimentarias. Los materiales para un estudio sistemático de budismo no están disponibles en la lengua tibetana coloquial. Sólo recientemente aparecieron impresas en tibetano unas pocas charlas de Su Santidad el Dalái Lama. Aun cuando los valores budistas impregnan la sociedad, de manera muy parecida a la forma en que los valores cristianos impregnan Occidente, los laicos que tienen un conocimiento un poco más profundo sobre budismo y que meditan, en su mayoría fueron anteriormente monjes y monjas.

En el Tíbet pre-moderno, ocasionalmente los grandes maestros ofrecían conferencias para grandes audiencias sobre los textos clásicos y daban empoderamientos tántricos. La mayoría tenía lugar en monasterios o conventos, y los laicos que asistían eran muy pocos o ninguno. Ocasionalmente, sin embargo, los maestros dirigían ceremonias de larga vida, daban empoderamientos y le explicaban enseñanzas básicas al público laico. La mayoría de los que asistían ni siquiera intentaban comprender lo que estaba sucediendo, y no se involucraban posteriormente en la meditación. La actitud prevaleciente era que estaban plantando semillas de instinto para vidas futuras, en las que esperaban renacer como monjes.

Hoy en día en el exilio, los monasterios y conventos restablecidos ya no están localizados en áreas aisladas como lo estaban en el Tíbet. Se encuentran dentro o cerca de las comunidades laicas. Consecuentemente, la mayoría de los laicos tiene un contacto diario con los monásticos, pero siguen sin recibir una guía espiritual de ellos. Los monjes y monjas budistas tibetanos nunca desarrollaron la costumbre de involucrarse en servicios comunales, tales como enseñar en las escuelas o dirigir orfelinatos, hospitales o centros médicos. Unos pocos, sin embargo, prestan servicio en el gobierno. Como en el Tíbet pre-moderno, el principal contacto espiritual que los laicos tienen con los monásticos consiste en invitar a los monjes o monjas a realizar rituales en sus hogares o encargarles que los lleven a cabo en monasterios o conventos. Los rituales son mayormente para remover obstáculos y para que los asuntos mundanos de los benefactores sean exitosos.

Los grandes maestros ocasionalmente explican textos y dan empoderamientos a grandes multitudes tanto de personas ordenadas como laicas. Hacen un esfuerzo especial para dar consejos generales de Darma a los laicos que asisten, pero la actitud del público sigue siendo en su mayoría la misma que antes. Van para recibir “bendiciones” y para establecer instintos para vidas futuras. Los tibetanos no tienen la costumbre de hacer preguntas, particularmente en público.

El contraste con los buscadores espirituales occidentales

La situación de los occidentales atraídos por el budismo tibetano es totalmente diferente. Pocos empiezan su educación budista siendo niños, excepto aquellos que, por disposición de sus padres convertidos al budismo, asisten al equivalente de la escuela dominical. Casi todos los occidentales, entonces, llegan al budismo después de haber recibido una educación moderna y después de haber leído algunos libros sobre el tema. Debido a que los libros están en idiomas modernos coloquiales, los occidentales pueden aprender de ellos sin un maestro. Sin embargo, los occidentales son usualmente débiles para absorber el material, ya que ni memorizan los textos ni debaten cada punto.

Los occidentales van a Centros de Darma, no a monasterios o conventos, y, como laicos, desean aprender las enseñanzas más profundas y obtener experiencia en meditación ahora, en esta vida. Aunque, al igual que los tibetanos, reciben empoderamientos tántricos mucho antes de estar calificados para practicar tantra, muchos quieren recibir las instrucciones completas e involucrarse en las prácticas inmediatamente, sin esperar a obtener las habilidades que son un requisito previo. El lapso de atención de la mayoría de los occidentales es breve y, sin estímulos externos periódicos, pierden interés rápidamente. Casi nadie piensa en vidas futuras o se satisface con plantar semillas de buenos instintos. Algunos occidentales, de hecho, contemplan la fantasía romántica de que son Milarepas – el famoso yogui tibetano que meditó en una cueva y alcanzó la iluminación durante su vida-. Se olvidan, por supuesto, de las adversidades que padeció Milarepa para recibir las enseñanzas. Los tibetanos nunca serían tan presuntuosos.

Con ciertas excepciones, los pocos occidentales que eventualmente se hacen monjes o monjas, toman los hábitos sólo después de mucho estudio y práctica de meditación. Para obtener acceso a las enseñanzas, sin embargo, los occidentales no necesitan renunciar a la vida de familia o a la vida de soltero, ni necesitan tomar los hábitos. Casi ningún budista occidental vive con su maestro espiritual como parte del grupo familiar. Algunos, sin embargo, viven en Centros de Darma donde es posible que también residan sus maestros, pero separados de los estudiantes.

Al provenir mayormente de contextos igualitarios, los laicos occidentales esperan las mismas oportunidades que reciben los monjes o monjas. Además, no tienen ninguna tolerancia con la discriminación sexual o de cualquier otro tipo. Desean tener todos los textos disponibles en sus idiomas coloquiales y no en una lengua clásica. Incluso si cantan rituales en tibetano, la mayoría lo hará sólo si sabe qué está recitando. Muy pocos están dispuestos a cantar las escrituras, menos aún a memorizarlas.

A diferencia de los tibetanos, los occidentales son impacientes con el aprendizaje lento. Eso es el resultado de sus vidas ocupadas. Pocos pueden disponer de más de una o dos noches por semana y un fin de semana ocasional para ir a Centros de Darma. Muchos tienen poco tiempo libre durante el día para meditar. Acostumbrados a la rapidez de las comodidades modernas, quieren un acceso completo e instantáneo a las enseñanzas y resultados rápidos, especialmente cuando tienen que pagar por la instrucción del Darma. Los tibetanos difícilmente compartirían esas expectativas.

Con estas vastas diferencias culturales, no es de sorprender que con frecuencia surjan malentendidos cuando los buscadores espirituales y los maestros espirituales provienen de sociedades diferentes. Son muy raras las personas con una profunda comprensión y un pleno aprecio de las dos culturas.

1 N. T. Para hacer más ágil la lectura, cuando se dice “convento” se refiere al de monjas.