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Un retrato de Tsenzhab Serkong Rimpoché
Traducido por Ernesto Guerrero
Parte tres: Entrenamiento con Rimpoché
Conocí a Serkong Rimpoché en Bodh Gaya, en enero de 1970. Sharpa y Khamlung Rimpoché, dos jóvenes lamas reencarnados que habían estudiado inglés en Estados Unidos bajo la guía de Gueshe Wangyal, me lo habían recomendado. Serkong Rimpoché podría dirigirme con el maestro más apropiado para que yo estudiara Guhyasamaja (el ensamble de los factores ocultos) con él. Había escogido este complejo sistema del tantra como el tema de disertación de mi doctorado en Filosofía, después de haber comparado las versiones sánscrita y tibetana de una pequeña porción del texto principal críptico, en un seminario de graduación.
Aunque mis estudios lingüísticos me habían dejado totalmente falto de preparación para estudios tan avanzados, Serkong Rimpoché me tomó en serio. El me sugirió a Kenzur Yeshey Dondrub, el retirado abad de Gyuto, el Colegio Tántrico Superior, quién muchos años después se convertiría en la cabeza de la tradición gelug. Me sentí muy honrado de que Rimpoché hubiera escogido a tan renombrado maestro.
Varios meses después conocí al abad en su pequeño cobertizo de lodo y abono de vaca en lo alto de Dalhousie, una villa montañesa cercana a Dharamsala, donde esta localizado el monasterio de Gyuto y donde yo me había establecido. Este viejo monje sin pretensiones acababa de terminar dos retiros meditativos consecutivos de tres años cada uno. Cuando le pedí que me impartiera enseñanzas, el monje aceptó inmediatamente. Me dijo que llegaba en el momento preciso. Estaba por comenzar un retiro intensivo de tres años del sistema Guhyasamaja al día siguiente. ¿Me interesaba unírmele? Yo, claro, tuve que declinar, pero aprendí la lección que Rimpoché me había presentado de la forma clásica budista: había establecido las condiciones para que me diera cuenta de la verdad por mi mismo. Para estudiar y practicar el más avanzado tantra, tenía que empezar por el principio.
Pronto, cambie el tema de mi disertación a uno más modesto – la tradición oral del lam-rim, el camino gradual – y acordé para estudiar lo básico con Gueshe Ngawang Dhargyey, el maestro de Sharpa y Khamlung Rimpochés. Gueshe es un grado monástico aproximadamente equivalente a un doctorado. La habilidad de Gueshe Dhargyey como maestro erudito, le había ganado la posición de tutor de cinco lamas adolescentes reencarnados. En aquella época, Gueshe Dhargyey vivía en un establo reconvertido, con enjambres de moscas. Era tan pequeño que solo cabía su cama, y apenas tenía espacio para que se sentaran apretadamente tres personas en el piso. Aunque, las condiciones en que vivía me repugnaban, me aplique a mis estudios. También necesitaba aprender a hablar tibetano moderno. En Harvard, solo había estudiado la lengua clásica escrita.
La siguiente vez que vi a Serkong Rimpoché fue en junio de ese año. Una terrible epidemia de colera y tifoidea se había desatado en la región, y Su Santidad le había requerido a Rimpoché venir a Dalhousie para conferir la iniciación de Hayagriva. La práctica de esta enérgica figura búdica, junto con las medidas sanitarias, ayudó a las personas a evitar la infección. Aunque me encontraba entre el puñado de occidentales que recibieron la iniciación, no tuve la oportunidad de reunirme en privado con Rimpoché. El tenía que conferir la iniciación en otros lugares, y se fue rápidamente.
Por el tiempo en que nos volvimos a encontrar, habían ocurrido muchos cambios. En el otoño de1971, Su Santidad le pidió a Gueshe Dhargyey que le enseñara budismo a extranjeros en la recientemente construida Biblioteca de Obras y Archivos Tibetanos en Dharamsala. Sharpa y Khamlung Rimpochés se le unieron como sus intérpretes. Yo pregunté si también podría ser de utilidad en la Biblioteca, traduciendo textos, Su Santidad aceptó. Pero primero debía presentar mi disertación, recibir mi doctorado, y entonces regresar. La recientemente iniciada guerra fronteriza con Pakistán a menos de cien millas, me convenció de partir sin demoras. Regresé a Harvard y seguí el consejo de Su Santidad. Dije “no gracias” a una carrera de maestro en la universidad – para gran sorpresa de mis profesores – y me mudé a Dharamsala unos meses después, en septiembre de 1972.
Serkong Rimpoché acababa de partir a Nepal por dos años a conferir iniciaciones y transmisiones orales en algunos monasterios recientemente construidos allí. Cuando regresó a Dharamsala, en el otoño de 1974, ya hablaba yo tibetano lo suficientemente bien para comunicarme directamente con él. Aunque no me di cuenta al principio, Rimpoché parecía saber que yo tenía la relación kármica para ser su traductor. Me lo indicaba al alentarme a visitarlo frecuentemente y sentarme a su lado mientras se reunía con diversas personas. Entre las audiencias, Rimpoché platicaba conmigo y me explicaba diferentes palabras tibetanas para asegurarse de que había entendido la conversación.
Poco tiempo después, Rimpoché me regaló tres magnificas pinturas enrollables de Manjushri Blanco, Sarasvati Blanco y Tara Blanca, que la gente de Spiti recientemente le había ofrecido. Estas figuras búdicas habían sido fundamentales en su desarrollo personal y práctica meditativa desde su temprana infancia. Ellas encarnaban, respectivamente, la claridad de mente para ayudar a los demás, la comprensión brillante para una expresión literaria lucida y creativa, y la energía vital para una larga y productiva vida. Este profundo regalo confirmó nuestra relación. Cuando le pregunté si podía ser su discípulo, sonrió pacientemente a mi típico hábito occidental de necesitar verbalizar lo que es manifiestamente obvio.
Rimpoché me entrenó sistemáticamente para ser traductor, sin nunca verbalizar que esto era lo
que estaba haciendo. Primeramente trabajo sobre mi memoria. En cualquier visita que le hacía,
Rimpoché me pedía en los momentos más inesperados, que repitiera palabra por palabra lo que me
acababa de decir. De igual forma, me pedía que repitiera lo que yo acababa de decir. Cuando empecé
a ser su intérprete en el otoño de 1975, Rimpoché frecuentemente me pedía que le tradujera de nuevo
sus palabras al tibetano para asegurarse de que no había equivocaciones, omisiones o adiciones. De
hecho, durante los ocho años que serví como su traductor, sentí que cada vez que Rimpoché me pedía
que le tradujera de nuevo de esta forma, yo invariablemente había interpretado mal lo que había
dicho. Rimpoché parecía sentir cada vez que yo cometía un error.
Rimpoché comenzó entonces, al final de las sesiones, a dar resúmenes de cinco minutos de sus
enseñanzas, y luego me decía que ahora era mi turno de hacer los resúmenes. De esta forma me empezó
a entrenar no sólo para que tradujera largos discursos, si no también para que diera enseñanzas.
Algunas veces, hasta empezaba a platicar con sus asistentes mientras yo hacía los resúmenes,
desafiando mis habilidades de concentración. Un buen maestro no debe distraerse por el ruido
exterior o ponerse nervioso.
Cuando Rimpoché me enseñaba en privado, nunca dejaba que tomara ninguna nota. Tenía que
recordarlo todo y escribirlo más tarde. Pronto, Rimpoché, me dio innumerables tareas que hacer
después de mis lecciones, de forma que sólo podía escribir mis notas mucho tiempo después, en las
noches. Finalmente, Rimpoché, a veces hacía una pausa durante una de las enseñanzas que yo estaba
traduciendo, y me explicaba algo en privado, sólo a mí, concerniente a mis lecciones acerca de un
tema completamente diferente y, entonces, sin darme ni un momento para reflexionar en sus palabras
o anotar algo, continuaba con su enseñanza.
Si alguna vez le preguntaba a Rimpoché, alguna cuestión de algo que me había dicho
previamente, me reprendía severamente por mi falta de memoria. Recuerdo una ocasión en que le
pregunté el significado de un término, y Rimpoché me contestó severamente: “¡Te expliqué esa
palabra hace siete años!, lo recuerdo claramente, ¿por qué tú no puedes hacerlo?”. De hecho, en una
ocasión, me comentó que entre más avanzaba su edad más clara se hacía su mente.
Serkong Rimpoché no sólo se preocupaba por que desarrollara una buena memoria, sino también,
por que tradujera con precisión. De su experiencia cuando enseñaba a los occidentales, se dio
cuenta de que muchos de sus malos entendidos provenían de la inconveniente traducción de ciertos
términos técnicos. Consecuentemente, trabajó conmigo para desarrollar una nueva terminología en
inglés. Pacientemente me explicaba la connotación de cada término tibetano; y entonces, me
preguntaba las implicaciones de posibles equivalentes en inglés para lograr encajar su significado.
Siempre me alentó a experimentar con nuevos términos y a no ser esclavo de convenciones
inadecuadas. La terminología tibetana estándar utilizada para traducir los textos budistas desde el
sánscrito, se desarrolló gradualmente durante siglos. Es tan sólo natural que un proceso similar de
revisión ocurra en la traducción a las lenguas occidentales.
Cuando originalmente le pedí a Rimpoché que me aceptara como su discípulo, le solicité
especialmente que me enseñara “medios hábiles”, es decir, cómo ayudar a los demás con compasión y
con sabiduría. Habiendo salido de un medio académico de elite, en el cual siempre había
sobresalido, mi desarrollo personal había sido unilateral. Tenía que aprender habilidades sociales
y humildad. En consecuencia, Rimpoché me llamó sólo por un nombre: “tontito”, y sin
contemplaciones, me señalaba todo lo estúpido o equivocado que había dicho o hecho. Por ejemplo,
mientras le traducía, Rimpoché insistía en que entendiera todo completamente. Cuando titubeaba al
hablar, no importaba cuánto tiempo tomara, ni lo avergonzado que me sintiera, me llamaba idiota.
Nunca dejaba que una sola palabra pasara sin que la entendiera y tradujera correctamente. Aunque
estos métodos, serían inapropiados para estudiantes plagados con problemas de baja auto estima,
este método sin concesiones era perfectamente adecuado para mí.
Una vez, en Lavaur, Francia, Rimpoché dio un discurso acerca de un comentario a un texto muy
complicado. Cuando me senté a traducir, Rimpoché me pidió que adicionalmente comparara diversas
ediciones del comentario, y que fuera editando el texto mientras avanzábamos, no tenía un
bolígrafo, pero directamente enfrente de mi se sentó una mujer con el pelo pintado de rojo
brillante, lápiz labial rojo aplicado profusamente, y una rosa roja que sostuvo entre sus dientes
durante toda la enseñanza. Pregunté quién tendría un bolígrafo de sobra que me pudiera prestar, y
ella me ofreció el suyo. Al finalizar la sesión, me encontraba completamente exhausto. Mientras me
levantaba, la mujer levantó su mano sin decir palabra. Yo me encontraba tan ensimismado, que pensé,
que quería estrechar mi mano para felicitarme por mi buen trabajo. Mientras extendía mi mano para
saludarla, Rimpoché rugió “¡devuélvele su pluma, tontito!”.
Para templar mi egocentrismo, Rimpoché, también me enseño a hacer cosas sólo por los demás.
Hizo esto negándose a darme cualquier enseñanza o iniciación que pedía solamente para mí. Sólo
accedía, si alguien más lo solicitaba y yo era el traductor. Rimpoché me enseño individualmente,
sólo aquellas cosas que sentía que era importante que yo aprendiera.
Más aún, Rimpoché, nunca me elogió enfrente de mí, sino que siempre me reprendía. Hacía esto
especialmente enfrente de otros, para que me volviera imperturbable a la crítica y a la presión. De
hecho, sólo recuerdo a Rimpoché dándome las gracias por mi ayuda en una ocasión, al finalizar
nuestra primera gira por Occidente juntos. De esta forma emocionalmente poderosa, Rimpoché me
entrenó a ser motivado simplemente por el deseo de ser de beneficio para los demás, y no por el
deseo de reconocimiento o por agradar a mi maestro. Cuando vi que esperar su agradecimiento era
similar a un perro que espera que le den golpecitos en la cabeza, rápidamente paré de buscar
cualquier signo de aprobación. Aunque me elogiara, ¿que podría hacer? ¡a excepción de mover mi
cola!
Rimpoché siempre alentó a las personas a leer por ellos mismos las grandes escrituras.
Siempre que alguien tenía dudas o preguntas, Rimpoché le pedía que las investigara y verificara.
Explicaba que él no había inventado estas enseñanzas, sino que venían de fuentes válidas. Rimpoché
también decía que nadie podía esperar que un lama le enseñara todo. Más aun, a los occidentales les
repetía la frase de Su Santidad, de que para los próximos doscientos años la enseñanza completa del
Buda solo iba a estar disponible en tibetano. Por lo que alentaba fuertemente a sus estudiantes
occidentales a aprender tibetano. Decía que cada sílaba de la lengua tibetana estaba llena de
significado. Así que, mientras enseñaba, Rimpoché frecuentemente elaboraba acerca de la connotación
de los términos técnicos tibetanos.
De acuerdo con este enfoque, Rimpoché me hacía continuar mis estudios por medio de lecturas,
permitiéndome hacer cualquier pregunta que tuviera acerca de ellas. Decía que procediendo de esta
manera, los discípulos podrían eventualmente estudiar cualquier tema de la literatura budista, como
si nadarán en el océano o volarán en el cielo. Explicaba que los lamas deben enseñar a los
discípulos a pararse sobre sus pies, y sólo entonces a volar. Él los guiaría en lo que había que
leer y estudiar. Luego, los empujaría fuera del nido, para seguir por su propia cuenta.
Rimpoché utilizó muchos métodos para enseñarme a no volverme de ninguna forma dependiente de
él. Por ejemplo, aunque Rimpoché y yo mantuvimos una relación extremadamente cercana, él nunca
pretendió ser capaz de ayudarme en cualquier situación. Una vez me encontraba bastante enfermo, y
la medicina que tomaba no me ayudaba. Cuando le pedí a Rimpoché una adivinación para saber que
sistema médico seguir – occidental, tibetano o hindú – y con cuál doctor acudir, Rimpoché, me dijo,
que en ese momento sus adivinaciones no eran claras. Y me envió con otro gran Lama que me ayudó a
encontrar un tratamiento efectivo. Me recuperé rápidamente.
Después de varios años, me di cuenta que Rimpoché me estaba preparando para traducir para Su
Santidad. De hecho, algunas veces me sentí como un regalo que Rimpoché preparaba para entregarle.
Sin embargo, para ser útil de manera adecuada, nunca debería volverme dependiente o apegado a Su
Santidad. Me volvería simplemente como un palo de golf, que Su Santidad podía escoger, para
satisfacer sus necesidades de traducción. También, necesitaría saber enfrentar una presión tremenda
y sobreponerme a mi ego.
De esta forma, Rimpoché me enseño cómo comportarme apropiadamente al servir a un Dalai Lama.
Por ejemplo, los traductores de Su Santidad nunca deben mover sus manos como si estuvieran
bailando, ni quedarse mirándolo como si estuvieran en el zoológico. En cambio, deben mantener sus
cabezas bajas, completamente concentrados, y nunca añadir nada de su propia personalidad. Deben
nombrar a las personas y a los temas en el orden en que Su Santidad los menciona, nunca alterando o
pensando que cualquier cosa que diga Su Santidad no tiene significado o propósito alguno.
Los títulos de los lamas deben ser traducidos correctamente, tal como los usa Su Santidad, y
no de la forma que los extranjeros llaman a casi todos los lamas: “Su Santidad”. En vez de honrar a
estos lamas, esta desinformada costumbre occidental degrada al Dalai lama. De hecho, horrorizaría a
estos lamas saber que los extranjeros se están refiriendo a ellos con los mismos títulos que al
Dalai Lama. Como en la Iglesia Católica o en los cuerpos diplomáticos, el protocolo tibetano y su
uso jerárquico sigue reglas estrictas.
A menudo, cuando traducía para Su Santidad, Serkong Rimpoché se sentaba frente a mí. Verlo,
me ayudaba a mantenerme consciente de su entrenamiento. Por ejemplo, una vez, mientras traducía, en
Dharamsala, ante una audiencia de un centenar de occidentales y varios miles de tibetanos, Su
Santidad me detuvo y comentó con una carcajada, “¡se acaba de equivocar!”. Su Santidad entiende
perfectamente el inglés. Aunque, quería meterme como una hormiga debajo de la alfombra, tener a
Rimpoché sentado en mi campo visual, ayudó a “tontito” a mantener su compostura.
A veces, sin embargo, necesitaba fuertes recordatorios de las lecciones. Por ejemplo, una de
las primeras veces que traduje a Su Santidad, fue un discurso que dio alrededor de unas diez mil
personas, debajo del arbol del bodhi, en Bodh Gaya. Mi micrófono falló, así que, Su Santidad me
hizo escalar prácticamente sobre el regazo del maestro de canto, para compartir su micrófono. Este
también dejó de funcionar. Entonces, Su Santidad me dejó sentar en el piso entre su trono y Serkong
Rimpoché, en la primera fila, y me pasaba su micrófono entre las oraciones. Estaba tan atemorizado
que no podía controlarme. Recibía y le daba el micrófono a Su Santidad con una sola mano, en vez de
la forma respetuosa acostumbrada de estirar ambas manos. Después de aquello, Rimpoché casi me
golpea por tomar el micrófono como un mono agarrando un plátano.
Rimpoché también se hacia cargo de que los occidentales se presentaran ante Su Santidad de la
mejor manera posible. Su comportamiento ante las enseñanzas públicas de Su Santidad siempre lo
alarmó. Decía que era importante darse cuenta de quién era Su Santidad. Él no es un lama
reencarnado ordinario. Estar en su presencia requiere un especial respeto y humildad. Por ejemplo,
durante los descansos para tomar té en un discurso o iniciación, pararse y conversar en el campo
visual de Su Santidad, como si él no estuviera presente, se considera extremadamente grosero. Lo
propio es salir para tener alguna conversación.
En una ocasión, una organización budista occidental patrocinó un discurso que traduje para Su
Santidad en Dharamsala. Su Santidad se había ofrecido a contestar a preguntas escritas. Después de
cada sesión, Rimpoché me pedía que le leyera las preguntas solicitadas para el siguiente día, y
decididamente rechazaba cualquiera estúpida o trivial. Frecuentemente, Rimpoché me hacía reformular
la pregunta para que se volviera mas profunda. No se debería desperdiciar el tiempo de Su Santidad,
y la oportunidad de que muchas personas se beneficiaran con su respuesta. Varias veces, Su
Santidad, comentaba lo buenas y profundas que eran las preguntas. Aprendí a hacer esta labor
editorial siempre que viajaba con Su Santidad.
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